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Reseña Histórica
El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo
en el Cristianismo viene a parar es el de la Santísima
Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno
tras otro en el curso del Cielo a Dios Padre, Hijo,
autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de
nuestra santificación, la Iglesia nos incita a la
consideración y rendida adoración del gran misterio que
nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de
naturaleza en la trinidad de personas.
Afirmaciones del dogma de la
Trinidad, se ven continuamente en la Liturgia. En el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, así
empieza y termina la Santa Misa y el Oficio divino, y se
confieren los Sacramentos. Igualmente a los Salmos sigue
el Gloria Patri
...; los himnos tradicionales acaban con la doxología y
las oraciones con una conclusión en honor a las
Tres Divinas Personas.
La devoción a
la Santísima Trinidad se inició en el siglo X, y a
partir de esta época se fue difundiendo su
fiesta litúrgica, entrando en el calendario romano en
1331. Si bien desde el comienzo del Cristianismo la
oración litúrgica se ha dirigido al Padre, por mediación
del Hijo y el Espíritu Santo, el mismo Jesús manifestó el
misterio de las Tres Divinas Personas; lo original de
esta fiesta es el honrar específicamente a Dios sin
tener como motivo un acontecimiento
salvífico, ni la memoria de
un santo. Se trata de
"profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la
eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa".
El dogma de la Trinidad
resplandeció también en nuestras iglesias. Vemos en la altura
y anchura
admirablemente proporcionadas de esos edificios, un
símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones
principales y en las secundarias: las tres entradas, las
tres puertas, los tres ventanales y a menudo las
tres torres.
Por doquier, hasta en los detalles
ornamentales, el número tres repetido sin cesar y obedece
a una idea, a la fe en la Trinidad.
También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras
este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre
se le representó por una mano, que sale de las nubes y
bendice. En esa mano se representa la divina
omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara
y luego el busto del Padre, en el cual desde el siglo XV
es representado como un venerable anciano vestido con
ornamentos papales.
Hasta el siglo XII, Dios Hijo, fue primero representado
por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo
joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo
XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud
de la edad y con barba. A partir del siglo XIII lleva la
cruz y también aparece en figura de cordero.
Al Espíritu Santo, se le representó por una
paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca
del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de
entre ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de
un niñito, por idéntico motivo.
En el siglo XIII es un
adolescente y en el siglo XV un hombre hecho y semejante
al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre sí o en la
mano, para distinguirle así de las otras dos Divinas Personas. Mas desde el siglo XVI, la paloma torna a
asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu
Santo. Para representar a la Trinidad se
adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió
para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo, tres
círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio
central que queda libre por la intersección de los
círculos.

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El Místico Padre Eterno
izalqueño y su Cofradía
Acá en Izalco,
la Cofradía del Padre Eterno Santísimo, celebrada en la fiesta Titular de la Santísima Trinidad es la más
importante de todo el conglomerado de 21 Cofradías
Indígenas existentes. Constituye la cabeza de todas las
Mesas Altares de Izalco. Es tanta su importancia jerárquica, que es en su sede, donde se
procede a nombrar a la máxima autoridad de la Comunidad
Indígena: el Alcalde del Común y su grupo de apoyo, quienes han de
conformar en su conjunto a la Alcaldía del Común de Izalco.
La Cofradía como tal, ha sido ubicada hacia el siglo XVII, pero he aquí que la misma no aparece en los reportes realizados por visitantes representantes de la Iglesia, quienes vinieron al antiguo Tecpan Izalco, con el fin de tasar a la población y también, para determinar la situación organizativa y financiera de las Cofradías existentes en ese tiempo, por lo que hemos de suponer que originariamente se trataba de uno de los tantos guachivales que había en el pueblo, siendo éstos, organizaciones religiosas informales que operaban fuera del control de la Iglesia y que por ello no fueron objeto de supervisión oficial en dichos sensos.
Se suman a las pertenencias de su Cofradía, el Guión y el Tepunahuaste. El primero, está constituido por un varal de plata que
termina en una bandera del mismo material y que
representa a la Comunidad Indígena, es pues, el Estandarte Oficial del Común de Izalco;
el segundo, es un instrumento tallado en un tronco de un árbol de cualquier madera fina, pero que sea sonora; es hueco y cilíndrico; posee dos lengüetas abiertas y angostas, una más larga que la otra, las que al ser golpeadas con 2 palillos, dan un sonido característico.
Prácticamente, se trata de un tambor de dimensiones considerables. Se consideraba sagrado y no era festivo; con él se anunciaban las ceremonias, la muerte de algún miembro de la comunidad y también, la guerra. El Común recuerda a Don Eulogio Musto, quien a mediados de los años sesentas del siglo pasado era uno de sus mejores ejecutores.
La Cofradía, posee como titular, a la Venerada Imagen del Padre
Eterno Santísimo, símil sincrético de la Santísima
Trinidad -fotografía de la derecha-. Su origen fácilmente muchos lo ubican como una de las tantas Imágenes que tras el terremoto de Santa Marta hacia 1773, fueran extraídas de la derruida Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción para su resguardo bajo la tutela "temporal" de algún vecino de Tecpan Izalco, pero que por varias circunstancias jamás regresó a dicha Parroquia.
Pero esta hipótesis está muy lejos de ser aceptada por la Comunidad Indigena actual, quienes aseveran que la Imagen ha sido de su propiedad desde siempre; debido a la falta de documentación oficial para ambas posiciones, se torna difícil determinar con certeza el verdadero origen de la ahora muy popular y folclórica Efigie.
En torno a Él,
existe aún en nuestros días, mucho simbolismo e
importancia en cuanto al pensamiento religioso del
indígena izalqueño; dentro del Común de Izalco desde hace mucho tiempo, se cuentan historias muy interesantes con respecto no sólo a la fiesta titular, sino que también relacionadas con la Imagen en cuestión.
Entre tantos relatos que se escuchan, todavía hoy los abuelos indígenas cuentan
que la mística Efigie del Padre Eterno, fue hallada dentro de una
cueva ubicada en el cerro del Julupe hacia el Oriente de Izalco y que estaba enterrada
hasta la mitad, suponiendo que hasta nuestros días, la
otra mitad se encuentra ahí, debido que al intentar
desenterrarla no fue posible sacar completa la talla y
así fue traída a Izalco. De hecho, es la única Imagen de Cofradía que en Izalco no posee piernas, ya que solamente tiene la parte superior de
su cuerpo, desde la cintura hasta la cabeza.
Esta historia muy propia del
folclor izalqueño, la repiten, intentando explicar el
por qué la Imagen se nos muestra ante tales circunstancias. Me cuentan mis izalcos, que hasta mediados del siglo pasado, sus tatas acudían al citado cerro durante las fechas de la fiesta del Padre Eterno llevando ofrendas para
pedir por las buenas cosechas: "ponían un cirio en la entrada de la cueva para que nadie entre", ya que pensaban que ésta era la entrada al "inframundo". Según la tradición oral entonces, el Padre Eterno cuidaba la entrada de dicha cueva.
Buscando esas coloridas vivencias, me dirijo hacia el Sur de mi pueblo intentando localizar a los izalcos más longevos y al final de la jornada me doy cuenta que efectivamente el Padre Eterno es "El Señor de las Cosechas" y que la mayoría coincide en que al Cerro del Julupe, llevaban ofrendas para pedir su misericordia por medio de la ubérrima tierra izalqueña; también, me aseguran que a mediados del siglo pasado, los indígenas de ese tiempo bien ataviados, conducían a la Efigie a las cementeras y la colocaban en medio de los regadíos y muy especialmente en los maizales y frijoleras. Las flores que portaban en solemne Procesión, las echaban al agua mientras bailaban, bebían y comían. Se trataba pues, de una ceremonia muy especial para "agradar" al Padre Eterno y por ende, propiciar las lluvias.
Me cuenta Don Felipe Pilía, ex-Mayordomo de esta Cofradía, que hace mucho tiempo siendo él aun muy joven, acudió a la peregrinación hacia el citado cerro; recuerda que las gentes llevaban flores y un cirio de gran tamaño y peso. Me
narra que llegados al lugar, frente a la supuesta entrada de la cueva, y dice supuesta, porque asegura que sólo se trata de una gran roca en forma de entrada, colocaron el cirio y lo encendieron, quemaron copal y colocaron las flores que todo en su conjunto, constituía la ofrenda.
Según él, la razón de esta extinta tradición se debía a que los abuelos contaban que en el lugar, se aparecía un anciano que supuestamente salía de la cueva y que cuando la gente pasaba, les decía que siempre debía haber un cirio encendido en dicho lugar, ya que de otra manera, las tierras se secarían y no habría cosechas. Abordo a Doña Leonor de la Cruz Sinto, anciana de la etnia, y me narra que sus tatas le contaban que quien salía de la cueva era "un viejito" que pedía un cirio, un petate y un huacal lleno de flores; esto se debía según ella, a que dentro de las peñas había gente, pero que eran “managuas” y que por eso, era la costumbre de ir a enflorar el citado cerro para evitar el enfado de éstos.
A manera de explicación, aclaro que el término managuas, era utilizado por mis izalcos para referirse a los dioses o espíritus "contrarios"; en su cosmogonía ancestral, exisitían los dioses bondadosos, los que propiciaban las lluvias, el sol, los que los curaban de sus enfermedades. A éstos los imaginaban bien dotados, gentiles y con rostros si bien severos, muy bonancibles; los managuas en cambio, eran feos, peludos, con cuerpo y cara de monos; enviaban al pueblo las pestes, temblores, tormentas y toda clase de calamidades y destruían sus cosechas.
En cuanto al triángulo sobre la cabeza de la mística Imagen y que ante los ojos de la Iglesia, es la representación de la Trinidad, hay que decir que para los izalcos representa, al místico volcán o "Cosme Damián", ubicado hacia el Norte del pueblo; mismo al que dan un significado especial y que será ilustrado en otro apartado; ha habido quienes han dicho incluso que dicho triángulo, en realidad representa un machete, herramienta agrícola indispensable para el pueblo, ya que el Padre Eterno es el "Señor de las Cosechas" y de ahí la relación que este objeto tiene con la Efigie.
Un investigador local, desde el punto de vista académico, nos ofrece lo que para él, es la versión más consecuente en cuanto al análisis de esta folclórica figura, al decir lo siguiente:
"Pero más de un ladino, intentando ser racional,
alguna vez aseguró que procede del viejo retablo de la Asunción
al cual serviría de remate. Hipótesis plausible, pues
bien que se acostumbró en siglos pasados coronar los
retablos mayores con imágenes apoteósicas del Padre,
tanto más cuanto que en el caso que comentamos, tratóse
de un altar dedicado a la Asunción. Lo
único que invalida dicha hipótesis no obstante, es el
hecho de que ninguna figura del Padre, está mencionada
en cuanto al retablo original de la Asunción;
y el otro es que, en su caso, se trata de una imagen de
bulto redondo y no, de un alto relieve”.
El Rostro del Sincretismo, pág.
142
Y en cuanto a la interpretación de la famosa cueva, señala,
“…era
también la puerta de entrada al subsuelo de una montaña,
donde se ubicaba el Paraíso terrenal, lugar de
residencia del Viejo/Señor-Dios de la Tierra
o Gran Serpiente. El, o Ella, sería la deidad tan
reverenciada por los Izalcos, la cual como quienquiera
puede constatarlo, poniendo un poco de cuidado a la
tradición oral de la zona, era la dueña y señora de
todas las riquezas materiales, parabienes de Dios a los
hombres, los cuales guardaba en el subsuelo del Xulupe:
Las límpidas aguas que otrora humedecieron la tierra
izalqueña, a más de los peces, cangrejos y tortugas que
contuvieron; los venados; las flores; el maíz y los
frijoles; los plátanos (venidos en realidad de la India
pero que los indígenas, debilitados por las pestes,
tanto llegaron a apreciar, llegando a hacerlos suyos y
con los cuales, sustituyeron el cacao) y, aún éste-,
procedían de allí. Siendo un vergel donde podían cogerse
y verse, toda clase de plantas y frutos, animales y
flores…” El Rostro del Sincretismo, pág. 144
Por
todo esto y dando mérito a este último apunte, presumo que desde sus inicios, la Comunidad Indígena de Izalco, puso al originario guachival y convertido muy pronto en la Cofradía del Padre Eterno, a la cabeza
en la jerarquía de su organización religiosa. Sumamos a
todo esto, el hecho que todavía se le relaciona con las
primeras
lluvias que vuelven fértil a la tierra izalqueña, ya que de hecho, casualidad o no, rara vez no
cae tremenda tormenta en horas de la tarde-noche durante
su Procesión,
tal y como decía mi muy querido y recordado abuelo, llegado el día del tradicional Cortejo Procesional: "Hoy va a llover; el Padre Eterno trae agua".
Su fiesta siempre ha sido una de las más importantes del año dentro del conglomerado de Mesas Altares en el pueblo. En la Cofradía sobresalía la ejecución de la Danza del Tunco de Monte para recibir las Entradas.
El día titular de la fiesta a la Santísima Trinidad, el místico Padre Eterno visitaba por tradición, la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción en la mañana, con el objetivo de presidir la Misa oficial en su honor. Lamentablemente ya no asiste más. Por la tarde, ha de procesionarse al “Santo”; esta tradición según Don Felipe Pilía, nació cuando era Mayordomo Don Alejandro Pasasin, a mediados del siglo pasado quedando desde entonces, oficialmente establecida dicha Procesión.
Y, agrega Don Lipe: "El Padre Eterno, debe sacarse bajo palio, debido a la importancia "del imagen", porque es el Gran Señor", me lo asevera "muy serio" y sin vacilaciones. En tiempos de mejor bonanza cultural, era conducido en hombros por los indígenas en un Anda Procesional de madera con capacidad para 10 hombros y "muy bien trabajada", me aseguran, y que fue construida por Don José Dolores Pinto (+) carpintero de reconocida calidad y muy allegado a la Cofradía.
Actualmente, desde muy temprano en las vísperas de la fiesta, los cohetes de vara anuncian que el Gran Señor ya está expuesto en su Altar en un lugar preferencial en su Cofradía; la marima de arco se hace presente y el pueblo, ahora sin distinción étnica, visita a la mística Efigie -foto de la izquierda-. Bailan, toman café con pan o chocolate, y se deleitan con los imprescindibles tamales. Al día siguiente, llegadas las 5 de la tarde, previa Misa dentro de sus recintos, sale la Procesión a recorrer las principales calles del pueblo y.... para no faltar a la tradición, como ya dijimos antes, "ha de caer tremenda tormenta"... es pues, el día del Padre Eterno Santísimo de mi místico Izalco Piadoso.
    

     
Fotografía histórica de los años 50 del siglo pasado.
Al fondo, el Padre Eterno hacia la izquierda, dentro de su camarín antiguo junto a las imágenes anexas a su Cofradía.
Al frente, hacia la izquierda, el centenario Guión o bandera de los izalcos del extinto Tecpan.
Hacia la derecha, el místico instrumento, el tepunahuaste que es ejecutado por un indígena del Común.
Nótese la vestimenta del ejecutante.

Guión/Estandarte/Bandera de los Izalcos de Tecpan
Años 50s del siglo pasado.
El
Padre Eterno
Ficha
Técnica
Una
sólida peana de nubes, recortadas en la típica voluta de
Santiago de Guatemala, forradas de pan de oro, sostienen
el imponente torso vuelto de vestir del Creador del
mundo. Luce cabellos y barba negros, tratados vastamente
en apariencia, los cuales debieron ser grises
anteriormente.
Rostro retocado en demasía,
igual que el resto de la figura, con excepción de
las nubes, lo que sólo hace más dificultosa su ubicación
en el tiempo. Hermosos y grandes ojos de cristal, color
turquesa de mirar compasivo, probablemente una adición
de fines del siglo XVIII. Gesto tonante, pese al cierto
cansancio que denota su boca entreabierta. Aureola
triangular, símbolo del Padre; cetro, emblema de poder
en la derecha, un día, simplemente bendiciente;
orbe del mundo, rematado por una cruz, en la
siniestra.
Madera
tallada y policromía original, bastante repintada. Bulto
redondo. 101
cm de alto, de la peana de nubes al resplandor. Ojos de
cristal y pestañas de pelo de res. Siglo XVI-XVII.
Cofradía del Padre Eterno Santísimo. Parroquia de
la Asunción
de Nuestra Señora de Ysalco.
Carlos
Leiva Cea, Copy Right. |